-La locura forma parte de todos.
-Los espíritus del olivar.
-Sus ramas susurran cuando el viento sopla por la noche.
Desdichado aquél a quien los recuerdos de infancia solo traen temor y tristeza. Infeliz del que mira hacia atrás y no ve más que horas de soledad en amplias y lúgubres estancias con negras colgaduras y enloquecedoras hileras de libros antiguos, o espantosas vigilias entre sombrías perspectivas de árboles grotescos, gigantes, que agitan silenciosamente sus ramas torcidas.
-Me aferro desesperadamente a aquellos recuerdos marchitos, cuando amé y fui amado.
-Veremos lo que hace aullar a los perros en la oscuridad.
-Voz hueca y alterada.
-Pozos en llamas.
-Brumosa irrealidad.
-Libertad en la barbarie.
-La fragancia de una época impía.
-Pudo más que mis escrúpulos.
-Formas que no deben ser vistas.
-Algo descendía de la Luna verdosa.
-En los abismos que hay entre las estrellas soplaban corrientes desapacibles que hacían que los hombres se estremecieran en los lugares oscuros y solitarios.
-Vieja sangre nativa.
-Lugares que no estaban en este planeta.
-Alaridos de las ciudades.
-Mugidos de las sirenas.
-El mundo batallando contra la oscuridad, contra las oleadas de destrucción del espacio infinito; arremolinándose, agitándose, forcejeando en torno a un sol que se apagaba y se enfriaba.
-Una sombra enfermiza retorciéndose en manos que no son manos, girando ciegamente y dejando atrás medianoches espectrales de creación podrida, cadáveres de mundos muertos con llagas que fueron ciudades, vientos sepulcrales que cepillaban las pálidas estrellas y las hacían parpadear. Más allá de los mundos, vagos fantasmas de cosas monstruosas; columnas de templos no santificados que descansan en rocas sin nombre bajo el espacio, y que alcanzan hasta los vertiginosos vacíos que hay por encima de las esferas de luz y oscuridad. Y a través de este repugnante cementerio del universo, un ahogado y enloquecedor batir de tambores, y el frío y monótono gemido de plantas blasfemas desde las inconcebibles y oscuras cámaras que hay más allá del tiempo; el detestable golpeteo y los silbidos aflautados allí donde danzan, lenta y torpemente, de modo absurdo, los gigantescos y últimos dioses...
-Los espíritus del olivar.
-Sus ramas susurran cuando el viento sopla por la noche.
Desdichado aquél a quien los recuerdos de infancia solo traen temor y tristeza. Infeliz del que mira hacia atrás y no ve más que horas de soledad en amplias y lúgubres estancias con negras colgaduras y enloquecedoras hileras de libros antiguos, o espantosas vigilias entre sombrías perspectivas de árboles grotescos, gigantes, que agitan silenciosamente sus ramas torcidas.
-Me aferro desesperadamente a aquellos recuerdos marchitos, cuando amé y fui amado.
-Veremos lo que hace aullar a los perros en la oscuridad.
-Voz hueca y alterada.
-Pozos en llamas.
-Brumosa irrealidad.
-Libertad en la barbarie.
-La fragancia de una época impía.
-Pudo más que mis escrúpulos.
-Formas que no deben ser vistas.
-Algo descendía de la Luna verdosa.
-En los abismos que hay entre las estrellas soplaban corrientes desapacibles que hacían que los hombres se estremecieran en los lugares oscuros y solitarios.
-Vieja sangre nativa.
-Lugares que no estaban en este planeta.
-Alaridos de las ciudades.
-Mugidos de las sirenas.
-El mundo batallando contra la oscuridad, contra las oleadas de destrucción del espacio infinito; arremolinándose, agitándose, forcejeando en torno a un sol que se apagaba y se enfriaba.
-Una sombra enfermiza retorciéndose en manos que no son manos, girando ciegamente y dejando atrás medianoches espectrales de creación podrida, cadáveres de mundos muertos con llagas que fueron ciudades, vientos sepulcrales que cepillaban las pálidas estrellas y las hacían parpadear. Más allá de los mundos, vagos fantasmas de cosas monstruosas; columnas de templos no santificados que descansan en rocas sin nombre bajo el espacio, y que alcanzan hasta los vertiginosos vacíos que hay por encima de las esferas de luz y oscuridad. Y a través de este repugnante cementerio del universo, un ahogado y enloquecedor batir de tambores, y el frío y monótono gemido de plantas blasfemas desde las inconcebibles y oscuras cámaras que hay más allá del tiempo; el detestable golpeteo y los silbidos aflautados allí donde danzan, lenta y torpemente, de modo absurdo, los gigantescos y últimos dioses...
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